Guerras fratricidas, guerras contra el mar.
La nao oscilaba divertida entre las olas,
divertida sin susto rompía la tela azul del
océano,
la capitana firme salaba su rostro en el
viento,
sólo era,
la monotonía del agua deshidratante,
el mar,
el
mar
la océano brillante,
con demasiado sol, con demasiado brillo.
Mar,
silencioso mar,
las gaviotas nos habían abandonado hacía días,
la tierra era promesa dulce y tan llena de
agua,
tan lejos de la sal.
La tierra de los españoles ya estaba olvidada,
nosotros queríamos ir más lejos
lejos donde hace más calor,
lejos donde los niños no crecen si no que
mueren,
la guerra nos enseñaría,
la guerra y el mar nos harían sabios,
pero nada de eso pasaba.
Mar,
profundo mar.
Viajábamos livianos,
el viento empujaba rabioso durante la noche
era un aliento tibio y hediondo en el día,
la calma del ecuador,
la muerte de los rayos y la sal
la miserable sal.
Mi piel morena no aguantaba más grietas,
los días se hacían infinitos y la capitana
estaba demasiado enferma
su pecho parecía menos confiado,
la mirada vidriosa
esperando la oportunidad de saltar,
de dejarse llevar por la corriente,
saltar soltando los músculos y beber el agua,
beber el mar como él bebía de nosotros
y muchos dieron vueltas sin un guardabajo,
siempre de día,
nunca de noche,
quemando nuestras retinas en el sol.
Habíamos emprendido la guerra,
éramos la avanzada,
cáscara de nuez,
maderito flotando,
peleábamos la guerra fraticida con el mar,
nos mataba la indiferencia de este océano
homicida.
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