Aurora se acostó con otro (mi polola que no sabía que era mi polola
pero sabía que estábamos juntos, comprometidos y exclusivos).
Yo tenía una novia que se fue de
viaje cuatro días y decidió acostarse con otro. Vivíamos los días como los
viven los enamorados. Desayunos con café expreso, fruta y besos dulces que
siempre terminaban con ella subida encima moviendo las caderas. Echar mi cara
hacia adelante para buscar su boca y recitar poemas entre besos rabiosos. Ella
se fue cuatro días y lo miró como me miraba a mí. Su amor caprichoso me valió
como el oro en tiempos de arrojo y decisión. Cuando fui más osado elegí no
cuidarme de los escarceos soleados de sus palabras. Ella no mintió ni me robó,
solo como una transparente traidora se acostó con otro. Un querer de forajida,
rumbo manchado, perdida. Su tez de morena, mala mala mala, no se me sale del
pecho cuando la recuerdo diciendo vestida de liviana tristeza “es que no
estabas ahí, lo quise hacer y es que así soy”. Yo tenía esa novia aquella que
besó, mojó y rozó al otro. Me tiene todo malogrado, cojo del corazón y el
espíritu roto de tanto pensar. Y es que si tuviera la suerte de volver a
tomarla de la cintura, con mi boca bien pegada a su cara, le volvería a decir: No
puedo beber ni saltar a esos fosos tan profundos porque te llevaste mi voluntad
de morir. No puedo mirarme en el espejo porque se me notan los surcos gruesos
que dejaron tu presencia y aroma. Flores de azahar, menta y los vinos delgados
son puñales griegos de esa roca volcánica que enterraste en mi pecho. Te odio
porque eres reflejo antiguo que se renueva en tu malquerer. Te amo porque traes
contigo el torrente irrefrenable de los glaciares cordilleranos, inevitable y
definitivo.
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