El hermano de Polifemo.
Extraño
el mar y él no me recuerda,
hay
una sed que me acosa,
un
espesor de mi saliva,
una
incomodidad aceitosa y sólo el mar me puede ayudar,
la
sequedad fresca de la sal en mi piel,
el
olor cansado de las gaviotas,
necesito
del azul sagrado,
encerrado
en un calabozo el hijo del mar desfallece,
extraña
lujurioso lo único que lo puede calmar,
castigado
de por vida la sed lo embarga, lo acosa,
y
solo resta,
solo
consuela,
una
pequeña vista,
una
mirada fija por la ventana al rectángulo azul y espuma,
penitente
el polvo regresa una y otra vez a su garganta
y no
se perdona a sí mismo el crimen cometido,
raíz
de exilio,
motivo
de la derrota de su espíritu,
y se
lamenta tosiendo,
con
los ojos irritados y el pelo duro,
lamenta
su suerte,
recuerda
a sus profesores,
sus
enseñanzas tan firmes,
y es
que siempre fue advertido,
la
más mínima transgresión será castigada con la más severa de las penas,
el
exilio más cruel,
el
exilio que programadamente le va quitando su ser,
va
haciendo más extraño a su cuerpo el océano que añora,
y
sus ojos irritados,
y su
garganta seca lo torturan,
el
rectángulo azul lo vigila tal como él lo vigila,
y el
hijo de Poseidón,
el
hijo del azul espuma no puede más que sufrir,
no
puede más que extrañar,
porque
el aroma sucio y retorcido,
lo
mantiene con vida,
lo
alimenta de manera cruel negándole el descanso,
manteniéndolo
despierto,
sosteniendo
el deseo y castigo en una sola cosa,
sosteniendo
el deseo y el castigo en una sola cosa,
como
eterno calvario,
como
roca de otros tiempos esperando a ser alcanzada por las olas para volver a
florecer.
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