lunes, 18 de marzo de 2019


El hermano de Polifemo.

Extraño el mar y él no me recuerda,
hay una sed que me acosa,
un espesor de mi saliva,
una incomodidad aceitosa y sólo el mar me puede ayudar,
la sequedad fresca de la sal en mi piel,
el olor cansado de las gaviotas,
necesito del azul sagrado,
encerrado en un calabozo el hijo del mar desfallece,
extraña lujurioso lo único que lo puede calmar,
castigado de por vida la sed lo embarga, lo acosa,
y solo resta,
solo consuela,
una pequeña vista,
una mirada fija por la ventana al rectángulo azul y espuma,
penitente el polvo regresa una y otra vez a su garganta
y no se perdona a sí mismo el crimen cometido,
raíz de exilio,
motivo de la derrota de su espíritu,
y se lamenta tosiendo,
con los ojos irritados y el pelo duro,
lamenta su suerte,
recuerda a sus profesores,
sus enseñanzas tan firmes,
y es que siempre fue advertido,
la más mínima transgresión será castigada con la más severa de las penas,
el exilio más cruel,
el exilio que programadamente le va quitando su ser,
va haciendo más extraño a su cuerpo el océano que añora,
y sus ojos irritados,
y su garganta seca lo torturan,
el rectángulo azul lo vigila tal como él lo vigila,
y el hijo de Poseidón,
el hijo del azul espuma no puede más que sufrir,
no puede más que extrañar,
porque el aroma sucio y retorcido,
lo mantiene con vida,
lo alimenta de manera cruel negándole el descanso,
manteniéndolo despierto,
sosteniendo el deseo y castigo en una sola cosa,
sosteniendo el deseo y el castigo en una sola cosa,
como eterno calvario,
como roca de otros tiempos esperando a ser alcanzada por las olas para volver a florecer.

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