lunes, 18 de marzo de 2019


Elisa.

Agotados de mirar al infinito
se levantó del piso entierrado,
el vino sabía a cenizas y las cenizas ya no sabían de fiesta.

¿Qué te pasó Elisa que tienes los ojos partidos?
¿Cuándo violaron tanta memoria?
Nos dio pena tanta luz, tanta ramada secreta
y pasaron los días sin que nos diéramos cuenta,
pasaron los días y nadie te vio,
                            Acurrucadasuciamojadayebriadesabores
tan sola en el piso comiendo lo que caía de las mesas,
con el sexo roto y la lengua seca,
                            seca seca siempre tan seca,
y todos fuimos tan desiertos para ti.

Y nos creíamos dioses,
llenos de falsos oros chorreábamos,
desbordábamos.
Hinchados dejábamos que los bichos nos mordieran,
rojos en ronchas sudábamos
siempre tan calurosos no deteníamos la vista,
dispuestos a explotar,
y tú,
tú Elisa entre las patas de la mesa,
atenta a un descuido,
cual perra herida
con ojos de parturienta,
pidiendo y quitando
con los pelos erizados, asustada
eras súbdita y empleada,
china y puta de la fiesta,
pero no nos servías, no nos mirabas
y nosotros te bramábamos
pero tu te escondías y nos quitabas tus ojos,
saltabas caliente al gritar tu nombre,
eras suave de pellejos y huesos
gris de la piel,
con la saliva amarilla te queríamos transpirar,
y es que Elisa
                   oh pobre Elisa
te amábamos de una manera desesperada,
como aman los dioses
llenos de rabia y desprecio,
viles y violentos sabíamos que nunca te podrías ir,
y fuiste nuestra,
nuestra hasta el asco
nuestra hasta el sabor de las cenizas
nuestra, hermosa Elisa, hasta que la carne se puso amarga,
nuestra hasta que el polvo entraba en los ojos,
nuestra hasta que no quedo nada bello en ti.

Fuimos los dioses,
                   Sagrados y terribles,
herederos del olor
tu olor a sexo roto y vino con tierra,
fuimos los dioses,
                   Sagrados y temibles,
los destructores del mundo,
asesinos implacables por ti Elisa,
la menos cruel de nosotros,
la con más veneno en las venas,
y fuimos dioses,
                   Sagrados e imposibles,
los que te invitamos a la vida, tan disputada Elisa,
fueron nuestros golpes,
                   rítmicos
los que rompieron tus dientes,
fueron los avances arrolladores de nuestros estómagos ,
                            acompasados
los que rajaron tus manos,
fue el vaivén de nuestros cabellos,
                                      descoordinados
los que te desarmaron trágica Elisa.

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